Tiempos

Las olas acariciaban la arena con dulzura. El sol se diluía poco a poco haciendo que el cielo fuese de un rosado anaranjado rasgado por nubes. Las miradas cómplices se cruzaban a lo largo de toda la playa. Encontrabas una pareja de enamorados cada cuatro pasos exactos. Cada una sintiéndose como si fuese la única. Sentados admirándose, entrelazando las manos, los dedos, las piernas, los ojos, las lenguas.
Cada cuatro minutos el reloj principal que se encontraba proyectado en el aire sobre el faro, marcaba el momento exacto en el que todas las parejas debían suspirar a la vez. Se debían turnar entre ellos, no lo podían hacer a la vez. Cada seis minutos el reloj marcaba cuando debían besarse y dependiendo del sonido que desprendiese definía el tipo de beso. Los días especiales como el Nuevo Valentín o algunos viernes en los que los Playeros se sentían de buen humor, repetían más a menudo los besos largos.
Hace unos años los enamorados tuvieron que soportar a un Playero desdichado con el corazón recién roto que solo les permitía besos cortos de despedida.
Keno y Haret se encontraban en una de las esquinas alejadas de los guardias y del faro. Haret era quien lo había preferido así. Keno se ponía nervioso porque no escuchaba del todo qué tipo de beso debía dar y él siempre quería más que nada en el mundo que fuesen de los largos.
Haret observaba el horizonte y dibujaba en la arena húmeda con el dedo, indiferente. El reloj marcó un suspiro. La chica se apartó el pelo rojizo de la cara y expulsó aire, no como una enamorada sino como un ser muy aburrido.
Keno la miró preocupado, colocó sus dedos sobre la mano libre de Haret, esta la deslizó lentamente para apartarla y parar el contacto. El reloj marcó un beso medio. El chico aliviado se acercó a ella, pero Haret apartó la cara prestando atención a las olas. Keno horrorizado por lo que acababa de hacer empezó a sudar y a ponerse nervioso.
Le preguntó con una voz temblorosa qué pasaba, había seguido el procedimiento al pie de la letra. Se había duchado, perfumado y afeitado. La había recogido a la hora estipulada, ni un minuto más, ni un minuto menos. Habían cogido el autobús de los enamorados y se habían sonreído siempre que la pequeña pantalla lo decía.
-A lo mejor aún estamos a tiempo de recuperar ese beso. El chico ya se estaba impacientando. Se preguntó por qué le había tocado enamorarse de Haret, ambos habían sido científicamente seleccionados para ser pareja, eran perfectos el uno para el otro, él estaba enamorado, eso lo tenía claro, por eso no lo entendía, Haret tenía que amarle, le habían configurado para ello.
-¿No crees que todo esto debería ser espontáneo?
“Espontáneo” murmuró Keno completamente blanco, está loca pensó, le tocó enamorarse de una loca. Haret lo miró divertida y le dio un beso medio.
-Yo quiero besarte, pero quiero hacerlo cuando yo quiera. Se encogió de hombros. Él sabía que ella había estado leyendo libros antiguos, incluso él lo había intentado para poder hablar con ella pero le aterraba la idea de hacer acciones sin tiempo cronometrado, acciones que salían sin meditarse, aventuras. Tembló y sacudió la cabeza, Haret le estaba examinando con esos ojos llenos de motas brillantes, Keno se había perdido en sus pensamientos y no había escuchado la nota del beso corto. Esto no podía salir peor, dos acciones retrasadas, no iba a poder recuperar dos acciones seguidas, se darían cuenta.
La chica que sabía lo que estaba pasando por la cabeza de su pareja se acercó a su oído y le susurró un intercambio, un trato, una noche sin tiempo por una eternidad juntos milimetrados al segundo. Ante esta oferta no se pudo resistir y afirmó con la cabeza frenéticamente. Haret le cogió de la mano y se fueron arrastrando poco a poco, intentando borrar los rastros que dejaban. Se metieron rápido bajo el muelle antiguo. Se quitaron los zapatos y arrastraron los pies por el agua hasta salir del territorio hecho para enamorados. Los ojos de Haret destellaban como nunca lo habían hecho y el corazón de Keno parecía que iba a estallar.
Corrieron unidos por la calle vacía, llegaron hasta la valla que separaba la ciudad y el campo. Cuando eran pequeños solían quedarse minutos enteros viendo el mundo que no podían tocar, un mundo donde el tiempo era incierto, una tierra donde el tiempo libre era siempre.
Saltaron sin dificultad y corrieron hasta dejar la verja muy atrás. Saltaron, dieron vueltas, perdieron y olvidaron  sus zapatos, Keno se atrevió a besarla cuando le placía y ella le sonreía todo el rato, no paraba de sonreír e hizo que el chico pensara, se replanteó muchas cosas, pensó todo mil veces y comprendió que realmente estaban enamorados, pero ella no lo estaba de él, ella amaba la libertad cronológica y él amaba que ella amase.
-Quedémonos aquí para siempre. Dijo él.
Haret lo pensó pero no podían.

-No, ya no nos da tiempo.
 

Aguas


¿Qué es lo que te impulsa a quitarte la vida? ¿Qué historias hay debajo de los ojos? En esa piel pintada púrpura por tu propio cerebro, golpeada hasta la saciedad por el insomnio. ¿Qué encuentras entre la cuchilla y las venas de la muñeca? ¿Qué observas a través del sumidero rodeado de pastillas? ¿Cuánta es la altura mínima que debes superar para volar y dejar de ser?  ¿Quién te dio la pistola húmeda? ¿Quién te disparó con actos, con palabras y miradas? ¿Y quién fue quien no lo hizo? ¿Quién no te miró, no te escuchó? ¿Quiénes fueron los que te hicieron llorar hasta perder las ganas de crecer, las ganas de existir? ¿Cómo te creíste tan poderoso como para valorar tu vida, para criticarla y llegar a la conclusión de que no era buena? ¿Quién te crees que fuiste? Y lo peor de todo, ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué ahogaste tu cuerpo en agonía? ¿Por qué no me lo contaste? Si ya tu silencio me hacía sufrir, este silencio es peor aún, desesperanzado y repleto de ruidos y gritos, burbujas de llantos infantiles recién solitarios. Hijas sin padre y mujeres envejecidas, hermanas en guerra con desconsoladas cicatrices incurables, familias atropelladas por preguntas y más preguntas, por signos de interrogación sin pareja.
El día que te fuiste fuimos conscientes cuando tu presencia había empezado a ser tangible en el aire. Abrimos la puerta de tu habitación y ahí estabas. Eras tú, más blanco, más solo que nunca y más feliz y te odio por eso, por ser feliz cuando ya no estábamos. La policía descartó un homicidio enseguida, la ambulancia se lo llevó sin luces y mi madre preparó la cena. Los días siguientes nadie lloró pero cuando ya había pasado una semana y media, los vecinos, con los que no habíamos hablado nunca, nos trajeron sopa y nos dijeron que no podían dormir con tanto lamento. Mi madre pidió perdón tantas veces que todo el mundo supo que no se dirigía a los vecinos. En clase los profesores nos dejaban una libertad peligrosa que supimos canalizar bien, todas llegamos a casa con una nota media de sobresaliente. A mi madre la ascendieron y los vecinos cada domingo nos traían más y más sopa. Y comenzamos a pensar en existencias, en personas que desaparecen creyendo que su sufrimiento engulle a los demás, que es verdad que cuando alguien deja de estar puede llegar a ser bueno y sentimos miedo. ¿Habíamos sido nosotras la causante de tantas preguntas? ¿Éramos nosotras las culpables de que una vida fuese miserable? Fue entonces cuando nuestra vida empezó a ser la miserable, un infierno rodeado de falsos ángeles piadosos. Nuestras mentes se bañaban entre dos lagunas, una era de agua turbia, llena de malicia, alivio y de delincuente felicidad y la otra era de agua cristalina y brillante con peces enfermos de una repugnante tristeza amarilla. Nuestros cuerpos, chapoteando continuamente, estaban tan divididos, tan partidos a la mitad que la única solución que vimos fue seguir así, seguir viviendo cada vez mejor sin espíritus silentes y temblorosos vagando por la casa. Seguir fingiendo que no fue nuestra culpa, creyéndonos que no había nada más que hacer, que nuestro padre había sido contagiado por su cabeza y había caído en una depresión crónica y que al igual que otras familias teníamos que seguir adelante carcomidas por recuerdos neblinosos e interrogaciones mojadas.

Verde


Mi amiga Laura una vez me dijo que cuando ella quisiese morirse se moriría. Le respondí que esa idea era una locura pero cuando ya teníamos 89 años vino a mi casa. Supe quién era por su olor, hacía tiempo que me costaba ver con claridad.  Con sus palabras traía recuerdos de nuestras aventuras, amoríos y enfados juveniles. ¿Cuál es el verdadero motivo de tu visita Laura? Le pregunté casi sin saliva.
-He venido para demostrarte que me he podido morir cuando yo he querido.
Le dije que si así era pecaba de egoísta, nadie quiere ver morir a nadie, y menos a una vieja amiga. Laura se levantó amenazante, siempre le había gustado tener la razón, y esta vez no iba a ser diferente. Quedamos a las ocho de la tarde en la playa, ella nunca había estado allí y le pregunté que si de verdad quería morirse podíamos ir al sitio que ella prefiriese. Se negó rotundamente, incluso se ofendió un poco.
-No importa el lugar, solo el momento.
Ante estas palabras no tenía más que decir. Se despidió y caminó a paso de anciana llena de energía. No entendí porqué iba a querer morirse si aún rebosaba vida, aún conservaba ese brillo temerario en los ojos, esa facción amenazante que tantos problemas le había traído.
Dispuesta a que ese día girase entorno a la muerte visité a Leandro en el cementerio, mi hija me acompañó, la pobre me acompañaba siempre. Había sido una niña de lo más simple de educar; tímida, trabajadora y sumisa, nunca pidió nada y se conformaba con todo. Muchas veces le grité, y a medida que crecía, mis gritos se iban convirtiendo en consejos vitales llenos de rencor, un rencor personal e interno que envenenaba mi garganta. ¡Si no estás de acuerdo con algo hazlo saber! ¡No puedes decir que sí a todo, eres humana! Pero ella como hormiguita iba trabajando silente, callada por una opresión íntima.
Me ayudó a sentarme en la hierba. La tumba hoy estaba más brillante y luminosa que de costumbre, parecía incluso que estaba sonriendo, la miré con un recelo que acabó siendo nostalgia. La sonrisa pícara de Leandro solía significar una buena noticia, pero era buena una vez vivida. Llegaba a casa, se quitaba las botas con un gran estruendo y gritaba: ¡Familia, nos vamos de viaje! ¡Familia, voy a ser el propietario de la tabaquería de enfrente!
Cada vez que la palabra “familia” sacudía las paredes de la vivienda  mi espalda se hundía más. Gracias a Leandro pudimos experimentar el hambre, pero también el riesgo de apostar, la soledad y la más feliz de las felicidades. Así era mi Leandro, un vaivén de emociones que al igual que el mar acababa de una forma segura en la orilla.
-¿Por qué estás sonriendo, eh?
La tumba siguió con su aura extraña. Mi hija me abrazó, me dio un beso en la mejilla y me contó que había conocido el amor, que llevaba un tiempo guardándoselo para sí misma por miedo a mi reacción. Me confesó que nunca había estado tan enamorada y me aseguró que se sentía más fuerte. Su mirada me dio una confianza que años atrás habría creído imposible. Fue tan grande la liberación, los ojos de mi hija firmes y serenos, por fin una niña enérgica, dispuesta a soltar verdades ocultas de su boca. La abracé como nunca lo había hecho, le sujeté la barbilla y le dije:
-A lo mejor yo no era la mujer que debía llenar tu vacío, ahora que la has encontrado disfruta de tu nueva vida al igual que yo lo haré con la mía.
Ella me miró extraña pero rompió a llorar de placidez, yo también lloré satisfecha y estoy segura que Leandro también porque ahora su piedra poseía un tono más verdoso y aún más brillante.
Me acompañó a casa y se fue aún con el rostro emocionado. Me preparé un almuerzo que tenía más pinta de merienda y escribí unos cuantos papeles que no había querido terminar ni  firmar.
De pronto me levanté alterada, corrí como pude al desván, abrí cajas, aparté muebles y bajo la tercera pata de una mesa estaba aquel libro que había empezado hacía mucho tiempo y que siempre quise acabar. Intenté buscar dónde lo había dejado y recordé porqué había sido el acompañante de una mesa medio coja, lo volví a dejar donde estaba.
Resignada sin saber qué hacer hasta que Laura llegase me puse a ver la televisión, la oía de fondo mientras mis pensamientos eran pobres y blanquecinos.
A las ocho menos cinco Laura llegó. Cogidas del brazo bajamos al muelle. Ella se quitó los zapatos y las medias con un poco de dificultad, yo preferí dejármelos puestos, a lo largo de los años la tarea del quitaipón de los zapatos se había vuelto tediosa y dolorosa. Nos sentamos frente al mar en un banco verde oscuro que me recordó a Leandro.
-Es una buena noche para morir.
-Sí. Respondí.
Supongo que Laura me entendió porque me apretó la mano dulcemente. El último rayo de luz naranja se evaporó en el agua, las estrellas se hicieron más potentes y nuestros ojos más líquidos.
Fue como dormirse sin sueño, una respiración muy larga llena de melancolía y buenos recuerdos. Los malos momentos vividos parecían episodios de una película que había visto hacía mucho tiempo y que no recordaba muy bien, pero los buenos recuerdos se intensificaron y los detalles… Los detalles se hicieron enormes: los dedos adentrándose en la arena, la sonrisa de mi madre, las arrugas de los dedos de Leandro, la página 65 de aquel libro, la marca de la taza del té sobre las sábanas, olores, ¡Oh! ¡Cuántos olores me llegaron! Canela, dinero usado, alcohol, barro, mucho barro.
Me despedí finalmente de Laura con una mirada. Del mundo me despedí cerrando los ojos con una sonrisa arrugada.

La primera conversación


Todas mis vértebras crujieron a la vez, cada espacio y bolsa de aire de mi cuerpo explotó, desintegrándome, convirtiéndome en polvo, en polvo terroso y casi ceniza. Fue el día que tus ojos no me correspondieron, no me devolvieron la mirada. Nuestro juego particular y concreto, un juego en el que ninguno había pactado las reglas, y aún así los dos éramos expertos y profesionales, siendo la recompensa el regalo de tus pupilas. Y había perdido, había quedado último en una partida en la que sólo había dos primeros premios. Recuerdo que me senté en mi pupitre, pero no recuerdo hablar, recuerdo el zumbido de una mosca, pero no recuerdo cómo llegué al despacho de la directora. Se lo intenté explicar, le conté que una vez coincidimos, pero que hoy te habías olvidado, que te habían descalificado por algún tonto error, seguro que era eso. Ella no entendía, obviamente, nadie nunca lo entendería menos nosotros, eso era lo que hacía tan especial nuestro encuentro ocular. Mi madre me recogió, me llevó al médico porque decía que estaba pálido, pero realmente estaba vacío, no sentía mis entrañas, estaba hueco, un infinito oscuro y denso, muy denso y pesado, mis vísceras habían sido sustituidas por negro. ¡Mis vísceras han sido reemplazadas por negro!: Le grité al doctor y a todo el mundo. ¡No tengo interior! Solo sé que me pesaba mucho. Coloqué mi mano sobre el pecho. Hiperventilación. No tengo corazón. Se lo ha llevado, ella se lo llevó. Comprendí entonces cuál era el verdadero premio de nuestro juego, había ganado mi corazón, literalmente, porque juro, y digo juro porque prometo, y yo nunca prometo ni juro pero si perjuro, que en mi pecho no había absolutamente nada, porque la muy jodida me había ganado el corazón, el intestino y él hígado. Pero respiré tranquilo, aún tenía pulmones, y si aún tenía pulmones significaba que la segunda ronda había comenzado, que era el momento de subir por la tráquea y emplear mi jugada maestra, el uso de las cuerdas vocales.

Extraños amantes


Y las palabras cayeron con el papel, la carta se humedeció rápidamente al contacto del suelo mojado. La tinta bailó y se resbaló hasta ser una mancha, letras sueltas, sin sentidos. La chica corrió, escaleras arriba, recogiéndose la falda que le entorpecía cada vez más, que la ralentizaba y hacía que su corazón se apresurase aún más. Posó la yema de los dedos en el pomo y lo giró, notando las palpitaciones en cada pliegue de su cuerpo, en cada arruga, en cada lunar, en cada pestaña. La puerta cedió y ahí estaba él, de espaldas, observando el gran ventanal, formidable, despeinado y apuesto. Con sus guantes blancos, con sus galardones en los hombros, con sus labios apretados y su tic nervioso en la mano derecha. Oyó la puerta abrirse y su espalda se endureció, miró sin girar el cuerpo, hundió sus pupilas en el rizo rojizo, en sus pecas, en sus ojos negros. Ella, casi bailando se acercó, lo olió, cerró los ojos, intentando conservar cada pedacito de aroma que desprendía su amante, su extraño y serio amante, que tantos problemas le había causado, que tantos disgustos le había hecho sufrir. Él la agarró por la cintura y apretó, se contemplaron, dichosos, llenos de deseo y fuego, un fuego azul y oscuro. Ella se mordió el labio entero, él apretó aún más sus caderas, ella se soltó el pelo, él le lamió la punta de la nariz, ella le miró desafiante, él cerró los ojos muy lentamente, ella observó en silencio, como siempre que podía hacerlo.
-Bacterias. Dijo él.
-Mañana. Dijo ella.
-Húmedo. Dijo él.
-Hirviendo. Dijo ella.
-Grasa. Dijo él.
-Levitar. Dijo ella.
Y él sonrió, sorprendido, orgulloso y agradecido.
Y ella comprendió.

Gato

La radio seguía encendida, una voz locuaz transcurría y bailaba en el aire, un aire espeso e inmóvil, las motas de polvo se desplazaban lentamente mientras se teñían de manera intermitente con los pequeños rayos de luz solar que entraban en aquella habitación.
La taza llena con té frío seguía en el mismo lugar desde por la mañana. El piano seguía igual de intacto que la taza.
Una silueta encorvada y femenina, temblorosa pero decidida sujetaba un papel arrugado. Se sentó en una butaca del mismo color que su vestido. Su mirada se movía despacio, su respiración y sus pensamientos también lo hacían, miró la ventana.
Sus dedos finos y arrugados alisaban el papel de una forma nerviosa, había pasado tanto sus pulgares por la hoja que había emborronado lo escrito.
Posó sus ojos a través de las lentes sobre la taza olvidada. Balbuceó con sus labios secos pero no dijo nada.
Se levantó con dificultad, siempre con su ritmo lento y se aproximó a la ventana corroída por el tiempo. Dejó el papel al lado del té. Acercó las yemas de los dedos al visillo, lo acarició. Retiró la mano, se la llevo al pecho, quería comprobar si aún le latía el corazón, lo hacía y muy fuerte, no recordaba la última vez que lo oía con tanto ímpetu. Siempre a destiempo con su respiración entrecortada. Se preguntó a sí misma si su cuerpo resistiría la emoción, si debía ser hoy, el papel lo decía, el papel era su amigo, el papel siempre había estado con ella. Volvió a tocar el visillo y lo apartó con cautela.
Por primera vez en años la luz profanó la habitación, se adentró en ella como si llevase muchísimo tiempo esperándolo.
A ella no le gustó que entrara de manera tan poco educada pero su mente había quedado vacía por completo. Lo había hecho, lo estaba haciendo.
Oía sus pulsaciones lejanas, fuera de ella, palpitaciones de otra persona que ya no era, golpes sanguinarios que le recordaban lo que se había perdido, que le gritaban lo que el papel le había dicho siempre.
Un gato cruzó la calle. Un ser completamente inconsciente de la gran hazaña que se estaba tomando a unos pocos metros de él.
La anciana lo siguió con sus vidriosos y ásperos ojos y lloró. Lloró como nunca, desconsoladamente, sollozando, lloró con el cuerpo entero, sus dedos, su canoso pelo, sus arrugas, su pecho, todo lloraba, gritaba y pataleaba. Su garganta emitía sonidos sordos y agudos.

El primer paso había sido realizado, había observado el exterior como lo hace cualquier persona y estas palabras revolotearon sobre su cabeza, “cualquier persona”, tantos años sin ser capaz de hacerlo, viviendo encadenada a sus propios miedos, atada y torturada por su mente. No agradeció a nadie más que a ella misma, a una mujer distinta de la que había dejado una taza de té horas antes. Ahora era un poco más libre, más persona y menos polvo.

Huesos

El pueblo había quedado destrozado. Había sido un desgaste rápido, todo se hizo viejo de golpe, se arrugó y se llenó de canas. Todos los habitantes eran conscientes de lo que había pasado pero estaban muy cansados, andaban más lento y respiraban menos. Los niños se saltaron la adolescencia y la juventud y pasaron a ser cuerpos corroídos por la mala suerte.
Los que ya eran mayores entonces murieron. Murieron todos de golpe. Nadie lloró la pérdida de sus veteranos, a nadie le quedaban lágrimas. Los cadáveres se quedaron sin carne sobre las camas, suelos o en los mostradores de las tiendas y el mal olor ya no existía. Nadie se lo esperaba pero al fin y al cabo a nadie le importó, de tan viejos que se habían hecho no quedaban fuerzas para preocuparse.
Me acuerdo de cómo fue, me acuerdo del día. Yo estaba en el juicio de mi hermano. Lo habían pillado robando otra vez.   Mis padres habían muerto hacía tres años. Me acuerdo de la cara del juez mirándome, aquel hombre doblado mirando a un niño, un niño que no comprendía por qué esta vez el juicio era tan largo. Mi hermano no era malo, yo le amaba. Así que cuando el martillo de madera chocó contra la mesa, un policía se levantó, le puso esposas a mi hermano y lo empujó. Yo me levanté para seguirlo como siempre, pero esa vez la mano de una mujer me detuvo. Estaba muy seria y recuerdo que tenía las gafas más grandes del mundo. Me dijo amablemente que mi hermano ya no me iba a cuidar y que iba a pasar el resto de su vida en la cárcel. En ese momento me volví loco, no quería una vida sin él, estaba lleno de rabia y odiaba a todos los de esa sala. Grité el nombre de mi hermano varias veces sin respuesta. Frustrado corrí, salí del ayuntamiento y volví a correr. Recuerdo que me olvidé por un momento de todo porque, en mi vida había corrido tan rápido, parecía un león. Rugiendo en alto llegué hasta casa y recordé. Miré el horizonte y empecé a galopar de nuevo, ahora era un caballo que relinchaba. No paré hasta que apareció el cartel de despedida del pueblo. Caminé lentamente por debajo de la señal mirándola desafiante y miré mi pueblo. Ya no estaba en él, había pasado el límite y fue entonces cuando sucedió. Fue como si se hubiese caído algo muy grande pero invisible. La ola de polvo y tierra se levantó y se dirigió hacia donde yo estaba. Pero cuando llegó hasta mí solo noté una brisa sucia y débil en la cara. Y creo que algo me afectó, porque cuando empecé a correr hacia el pueblo era consciente de que algo había pasado, de hecho recuerdo que me sentía más alto y tenía en mente a mi hermano.
Cada vez que me acercaba iba viendo con más detalle lo que ocurría, cuando vi el primer esqueleto en la tierra me entró el pánico, un sudor frío y los pelos de la nuca se me erizaron. El aire estaba seco y las casas apolilladas.  El primer vivo que vi fue a mi amiga Lara, estaba en el suelo, respirando entrecortadamente, canosa y arrugada, era enorme, con los ojos cansados a punto de cerrarlos, aún tenía un caramelo en la mano.
No me atreví a tocarla, corrí sin mirar atrás hasta mi hermano.

El ayuntamiento estaba corroído y había perdido toda la pintura. Entré y la puerta chirrió fuertemente. Había huesos y formas que subían y bajaban el pecho bajo una capa espesa de polvo. Fue al estornudar cuando noté el principio de un bigote. Llegué hasta la sala dónde había estado apenas hacía veinte minutos, pero para la habitación parecían cien años. El juez era una túnica abandonada en el suelo. Abrí despacio la puerta de la derecha, me sabía el camino de memoria. Al llegar, mi hermano estaba muerto, era un saco de huesos con esposas.