Extraños amantes


Y las palabras cayeron con el papel, la carta se humedeció rápidamente al contacto del suelo mojado. La tinta bailó y se resbaló hasta ser una mancha, letras sueltas, sin sentidos. La chica corrió, escaleras arriba, recogiéndose la falda que le entorpecía cada vez más, que la ralentizaba y hacía que su corazón se apresurase aún más. Posó la yema de los dedos en el pomo y lo giró, notando las palpitaciones en cada pliegue de su cuerpo, en cada arruga, en cada lunar, en cada pestaña. La puerta cedió y ahí estaba él, de espaldas, observando el gran ventanal, formidable, despeinado y apuesto. Con sus guantes blancos, con sus galardones en los hombros, con sus labios apretados y su tic nervioso en la mano derecha. Oyó la puerta abrirse y su espalda se endureció, miró sin girar el cuerpo, hundió sus pupilas en el rizo rojizo, en sus pecas, en sus ojos negros. Ella, casi bailando se acercó, lo olió, cerró los ojos, intentando conservar cada pedacito de aroma que desprendía su amante, su extraño y serio amante, que tantos problemas le había causado, que tantos disgustos le había hecho sufrir. Él la agarró por la cintura y apretó, se contemplaron, dichosos, llenos de deseo y fuego, un fuego azul y oscuro. Ella se mordió el labio entero, él apretó aún más sus caderas, ella se soltó el pelo, él le lamió la punta de la nariz, ella le miró desafiante, él cerró los ojos muy lentamente, ella observó en silencio, como siempre que podía hacerlo.
-Bacterias. Dijo él.
-Mañana. Dijo ella.
-Húmedo. Dijo él.
-Hirviendo. Dijo ella.
-Grasa. Dijo él.
-Levitar. Dijo ella.
Y él sonrió, sorprendido, orgulloso y agradecido.
Y ella comprendió.

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