Todas mis vértebras crujieron a la vez, cada espacio y bolsa
de aire de mi cuerpo explotó, desintegrándome, convirtiéndome en polvo, en
polvo terroso y casi ceniza. Fue el día que tus ojos no me correspondieron, no
me devolvieron la mirada. Nuestro juego particular y concreto, un juego en el
que ninguno había pactado las reglas, y aún así los dos éramos expertos y
profesionales, siendo la recompensa el regalo de tus pupilas. Y había perdido,
había quedado último en una partida en la que sólo había dos primeros premios.
Recuerdo que me senté en mi pupitre, pero no recuerdo hablar, recuerdo el
zumbido de una mosca, pero no recuerdo cómo llegué al despacho de la directora.
Se lo intenté explicar, le conté que una vez coincidimos, pero que hoy te
habías olvidado, que te habían descalificado por algún tonto error, seguro que
era eso. Ella no entendía, obviamente, nadie nunca lo entendería menos
nosotros, eso era lo que hacía tan especial nuestro encuentro ocular. Mi madre
me recogió, me llevó al médico porque decía que estaba pálido, pero realmente
estaba vacío, no sentía mis entrañas, estaba hueco, un infinito oscuro y denso,
muy denso y pesado, mis vísceras habían sido sustituidas por negro. ¡Mis
vísceras han sido reemplazadas por negro!: Le grité al doctor y a todo el
mundo. ¡No tengo interior! Solo sé que me pesaba mucho. Coloqué mi mano sobre
el pecho. Hiperventilación. No tengo corazón. Se lo ha llevado, ella se lo
llevó. Comprendí entonces cuál era el verdadero premio de nuestro juego, había
ganado mi corazón, literalmente, porque juro, y digo juro porque prometo, y yo
nunca prometo ni juro pero si perjuro, que en mi pecho no había absolutamente
nada, porque la muy jodida me había ganado el corazón, el intestino y él
hígado. Pero respiré tranquilo, aún tenía pulmones, y si aún tenía pulmones
significaba que la segunda ronda había comenzado, que era el momento de subir
por la tráquea y emplear mi jugada maestra, el uso de las cuerdas vocales.
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