Verde


Mi amiga Laura una vez me dijo que cuando ella quisiese morirse se moriría. Le respondí que esa idea era una locura pero cuando ya teníamos 89 años vino a mi casa. Supe quién era por su olor, hacía tiempo que me costaba ver con claridad.  Con sus palabras traía recuerdos de nuestras aventuras, amoríos y enfados juveniles. ¿Cuál es el verdadero motivo de tu visita Laura? Le pregunté casi sin saliva.
-He venido para demostrarte que me he podido morir cuando yo he querido.
Le dije que si así era pecaba de egoísta, nadie quiere ver morir a nadie, y menos a una vieja amiga. Laura se levantó amenazante, siempre le había gustado tener la razón, y esta vez no iba a ser diferente. Quedamos a las ocho de la tarde en la playa, ella nunca había estado allí y le pregunté que si de verdad quería morirse podíamos ir al sitio que ella prefiriese. Se negó rotundamente, incluso se ofendió un poco.
-No importa el lugar, solo el momento.
Ante estas palabras no tenía más que decir. Se despidió y caminó a paso de anciana llena de energía. No entendí porqué iba a querer morirse si aún rebosaba vida, aún conservaba ese brillo temerario en los ojos, esa facción amenazante que tantos problemas le había traído.
Dispuesta a que ese día girase entorno a la muerte visité a Leandro en el cementerio, mi hija me acompañó, la pobre me acompañaba siempre. Había sido una niña de lo más simple de educar; tímida, trabajadora y sumisa, nunca pidió nada y se conformaba con todo. Muchas veces le grité, y a medida que crecía, mis gritos se iban convirtiendo en consejos vitales llenos de rencor, un rencor personal e interno que envenenaba mi garganta. ¡Si no estás de acuerdo con algo hazlo saber! ¡No puedes decir que sí a todo, eres humana! Pero ella como hormiguita iba trabajando silente, callada por una opresión íntima.
Me ayudó a sentarme en la hierba. La tumba hoy estaba más brillante y luminosa que de costumbre, parecía incluso que estaba sonriendo, la miré con un recelo que acabó siendo nostalgia. La sonrisa pícara de Leandro solía significar una buena noticia, pero era buena una vez vivida. Llegaba a casa, se quitaba las botas con un gran estruendo y gritaba: ¡Familia, nos vamos de viaje! ¡Familia, voy a ser el propietario de la tabaquería de enfrente!
Cada vez que la palabra “familia” sacudía las paredes de la vivienda  mi espalda se hundía más. Gracias a Leandro pudimos experimentar el hambre, pero también el riesgo de apostar, la soledad y la más feliz de las felicidades. Así era mi Leandro, un vaivén de emociones que al igual que el mar acababa de una forma segura en la orilla.
-¿Por qué estás sonriendo, eh?
La tumba siguió con su aura extraña. Mi hija me abrazó, me dio un beso en la mejilla y me contó que había conocido el amor, que llevaba un tiempo guardándoselo para sí misma por miedo a mi reacción. Me confesó que nunca había estado tan enamorada y me aseguró que se sentía más fuerte. Su mirada me dio una confianza que años atrás habría creído imposible. Fue tan grande la liberación, los ojos de mi hija firmes y serenos, por fin una niña enérgica, dispuesta a soltar verdades ocultas de su boca. La abracé como nunca lo había hecho, le sujeté la barbilla y le dije:
-A lo mejor yo no era la mujer que debía llenar tu vacío, ahora que la has encontrado disfruta de tu nueva vida al igual que yo lo haré con la mía.
Ella me miró extraña pero rompió a llorar de placidez, yo también lloré satisfecha y estoy segura que Leandro también porque ahora su piedra poseía un tono más verdoso y aún más brillante.
Me acompañó a casa y se fue aún con el rostro emocionado. Me preparé un almuerzo que tenía más pinta de merienda y escribí unos cuantos papeles que no había querido terminar ni  firmar.
De pronto me levanté alterada, corrí como pude al desván, abrí cajas, aparté muebles y bajo la tercera pata de una mesa estaba aquel libro que había empezado hacía mucho tiempo y que siempre quise acabar. Intenté buscar dónde lo había dejado y recordé porqué había sido el acompañante de una mesa medio coja, lo volví a dejar donde estaba.
Resignada sin saber qué hacer hasta que Laura llegase me puse a ver la televisión, la oía de fondo mientras mis pensamientos eran pobres y blanquecinos.
A las ocho menos cinco Laura llegó. Cogidas del brazo bajamos al muelle. Ella se quitó los zapatos y las medias con un poco de dificultad, yo preferí dejármelos puestos, a lo largo de los años la tarea del quitaipón de los zapatos se había vuelto tediosa y dolorosa. Nos sentamos frente al mar en un banco verde oscuro que me recordó a Leandro.
-Es una buena noche para morir.
-Sí. Respondí.
Supongo que Laura me entendió porque me apretó la mano dulcemente. El último rayo de luz naranja se evaporó en el agua, las estrellas se hicieron más potentes y nuestros ojos más líquidos.
Fue como dormirse sin sueño, una respiración muy larga llena de melancolía y buenos recuerdos. Los malos momentos vividos parecían episodios de una película que había visto hacía mucho tiempo y que no recordaba muy bien, pero los buenos recuerdos se intensificaron y los detalles… Los detalles se hicieron enormes: los dedos adentrándose en la arena, la sonrisa de mi madre, las arrugas de los dedos de Leandro, la página 65 de aquel libro, la marca de la taza del té sobre las sábanas, olores, ¡Oh! ¡Cuántos olores me llegaron! Canela, dinero usado, alcohol, barro, mucho barro.
Me despedí finalmente de Laura con una mirada. Del mundo me despedí cerrando los ojos con una sonrisa arrugada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario