¿Qué
es lo que te impulsa a quitarte la vida? ¿Qué historias hay debajo de los ojos?
En esa piel pintada púrpura por tu propio cerebro, golpeada hasta la saciedad
por el insomnio. ¿Qué encuentras entre la cuchilla y las venas de la muñeca?
¿Qué observas a través del sumidero rodeado de pastillas? ¿Cuánta es la altura
mínima que debes superar para volar y dejar de ser? ¿Quién te dio la pistola húmeda? ¿Quién te
disparó con actos, con palabras y miradas? ¿Y quién fue quien no lo hizo?
¿Quién no te miró, no te escuchó? ¿Quiénes fueron los que te hicieron llorar
hasta perder las ganas de crecer, las ganas de existir? ¿Cómo te creíste tan
poderoso como para valorar tu vida, para criticarla y llegar a la conclusión de
que no era buena? ¿Quién te crees que fuiste? Y lo peor de todo, ¿Por qué me
haces esto? ¿Por qué ahogaste tu cuerpo en agonía? ¿Por qué no me lo contaste?
Si ya tu silencio me hacía sufrir, este silencio es peor aún, desesperanzado y
repleto de ruidos y gritos, burbujas de llantos infantiles recién solitarios.
Hijas sin padre y mujeres envejecidas, hermanas en guerra con desconsoladas
cicatrices incurables, familias atropelladas por preguntas y más preguntas, por
signos de interrogación sin pareja.
El
día que te fuiste fuimos conscientes cuando tu presencia había empezado a ser
tangible en el aire. Abrimos la puerta de tu habitación y ahí estabas. Eras tú,
más blanco, más solo que nunca y más feliz y te odio por eso, por ser feliz
cuando ya no estábamos. La policía descartó un homicidio enseguida, la
ambulancia se lo llevó sin luces y mi madre preparó la cena. Los días
siguientes nadie lloró pero cuando ya había pasado una semana y media, los
vecinos, con los que no habíamos hablado nunca, nos trajeron sopa y nos dijeron
que no podían dormir con tanto lamento. Mi madre pidió perdón tantas veces que
todo el mundo supo que no se dirigía a los vecinos. En clase los profesores nos
dejaban una libertad peligrosa que supimos canalizar bien, todas llegamos a
casa con una nota media de sobresaliente. A mi madre la ascendieron y los
vecinos cada domingo nos traían más y más sopa. Y comenzamos a pensar en
existencias, en personas que desaparecen creyendo que su sufrimiento engulle a
los demás, que es verdad que cuando alguien deja de estar puede llegar a ser
bueno y sentimos miedo. ¿Habíamos sido nosotras la causante de tantas
preguntas? ¿Éramos nosotras las culpables de que una vida fuese miserable? Fue
entonces cuando nuestra vida empezó a ser la miserable, un infierno rodeado de
falsos ángeles piadosos. Nuestras mentes se bañaban entre dos lagunas, una era
de agua turbia, llena de malicia, alivio y de delincuente felicidad y la otra
era de agua cristalina y brillante con peces enfermos de una repugnante
tristeza amarilla. Nuestros cuerpos, chapoteando continuamente, estaban tan
divididos, tan partidos a la mitad que la única solución que vimos fue seguir
así, seguir viviendo cada vez mejor sin espíritus silentes y temblorosos vagando
por la casa. Seguir fingiendo que no fue nuestra culpa, creyéndonos que no
había nada más que hacer, que nuestro padre había sido contagiado por su cabeza
y había caído en una depresión crónica y que al igual que otras familias
teníamos que seguir adelante carcomidas por recuerdos neblinosos e
interrogaciones mojadas.
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