La radio seguía encendida, una voz locuaz transcurría y
bailaba en el aire, un aire espeso e inmóvil, las motas de polvo se desplazaban
lentamente mientras se teñían de manera intermitente con los pequeños rayos de
luz solar que entraban en aquella habitación.
La taza llena con té frío seguía en el mismo lugar desde por
la mañana. El piano seguía igual de intacto que la taza.
Una silueta encorvada y femenina, temblorosa pero decidida
sujetaba un papel arrugado. Se sentó en una butaca del mismo color que su
vestido. Su mirada se movía despacio, su respiración y sus pensamientos también
lo hacían, miró la ventana.
Sus dedos finos y arrugados alisaban el papel de una forma
nerviosa, había pasado tanto sus pulgares por la hoja que había emborronado lo
escrito.
Posó sus ojos a través de las lentes sobre la taza olvidada.
Balbuceó con sus labios secos pero no dijo nada.
Se levantó con dificultad, siempre con su ritmo lento y se
aproximó a la ventana corroída por el tiempo. Dejó el papel al lado del té. Acercó
las yemas de los dedos al visillo, lo acarició. Retiró la mano, se la llevo al
pecho, quería comprobar si aún le latía el corazón, lo hacía y muy fuerte, no
recordaba la última vez que lo oía con tanto ímpetu. Siempre a destiempo con su
respiración entrecortada. Se preguntó a sí misma si su cuerpo resistiría la
emoción, si debía ser hoy, el papel lo decía, el papel era su amigo, el papel
siempre había estado con ella. Volvió a tocar el visillo y lo apartó con
cautela.
Por primera vez en años la luz profanó la habitación, se
adentró en ella como si llevase muchísimo tiempo esperándolo.
A ella no le gustó que entrara de manera tan poco educada
pero su mente había quedado vacía por completo. Lo había hecho, lo estaba
haciendo.
Oía sus pulsaciones lejanas, fuera de ella, palpitaciones de
otra persona que ya no era, golpes sanguinarios que le recordaban lo que se
había perdido, que le gritaban lo que el papel le había dicho siempre.
Un gato cruzó la calle. Un ser completamente inconsciente de
la gran hazaña que se estaba tomando a unos pocos metros de él.
La anciana lo siguió con sus vidriosos y ásperos ojos y
lloró. Lloró como nunca, desconsoladamente, sollozando, lloró con el cuerpo
entero, sus dedos, su canoso pelo, sus arrugas, su pecho, todo lloraba, gritaba
y pataleaba. Su garganta emitía sonidos sordos y agudos.
El primer paso había sido realizado, había observado el
exterior como lo hace cualquier persona y estas palabras revolotearon sobre su
cabeza, “cualquier persona”, tantos años sin ser capaz de hacerlo, viviendo
encadenada a sus propios miedos, atada y torturada por su mente. No agradeció a
nadie más que a ella misma, a una mujer distinta de la que había dejado una
taza de té horas antes. Ahora era un poco más libre, más persona y menos polvo.
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