El pueblo había quedado destrozado. Había sido un desgaste
rápido, todo se hizo viejo de golpe, se arrugó y se llenó de canas. Todos los
habitantes eran conscientes de lo que había pasado pero estaban muy cansados,
andaban más lento y respiraban menos. Los niños se saltaron la adolescencia y
la juventud y pasaron a ser cuerpos corroídos por la mala suerte.
Los que ya eran mayores entonces murieron. Murieron todos de
golpe. Nadie lloró la pérdida de sus veteranos, a nadie le quedaban lágrimas.
Los cadáveres se quedaron sin carne sobre las camas, suelos o en los
mostradores de las tiendas y el mal olor ya no existía. Nadie se lo esperaba
pero al fin y al cabo a nadie le importó, de tan viejos que se habían hecho no quedaban
fuerzas para preocuparse.
Me acuerdo de cómo fue, me acuerdo del día. Yo estaba en el
juicio de mi hermano. Lo habían pillado robando otra vez. Mis padres habían muerto hacía tres años. Me
acuerdo de la cara del juez mirándome, aquel hombre doblado mirando a un niño,
un niño que no comprendía por qué esta vez el juicio era tan largo. Mi hermano
no era malo, yo le amaba. Así que cuando el martillo de madera chocó contra la
mesa, un policía se levantó, le puso esposas a mi hermano y lo empujó. Yo me
levanté para seguirlo como siempre, pero esa vez la mano de una mujer me
detuvo. Estaba muy seria y recuerdo que tenía las gafas más grandes del mundo.
Me dijo amablemente que mi hermano ya no me iba a cuidar y que iba a pasar el
resto de su vida en la cárcel. En ese momento me volví loco, no quería una vida
sin él, estaba lleno de rabia y odiaba a todos los de esa sala. Grité el nombre
de mi hermano varias veces sin respuesta. Frustrado corrí, salí del
ayuntamiento y volví a correr. Recuerdo que me olvidé por un momento de todo porque,
en mi vida había corrido tan rápido, parecía un león. Rugiendo en alto llegué
hasta casa y recordé. Miré el horizonte y empecé a galopar de nuevo, ahora era
un caballo que relinchaba. No paré hasta que apareció el cartel de despedida
del pueblo. Caminé lentamente por debajo de la señal mirándola desafiante y
miré mi pueblo. Ya no estaba en él, había pasado el límite y fue entonces
cuando sucedió. Fue como si se hubiese caído algo muy grande pero invisible. La
ola de polvo y tierra se levantó y se dirigió hacia donde yo estaba. Pero
cuando llegó hasta mí solo noté una brisa sucia y débil en la cara. Y creo que
algo me afectó, porque cuando empecé a correr hacia el pueblo era consciente de
que algo había pasado, de hecho recuerdo que me sentía más alto y tenía en
mente a mi hermano.
Cada vez que me acercaba iba viendo con más detalle lo que
ocurría, cuando vi el primer esqueleto en la tierra me entró el pánico, un
sudor frío y los pelos de la nuca se me erizaron. El aire estaba seco y las
casas apolilladas. El primer vivo que vi
fue a mi amiga Lara, estaba en el suelo, respirando entrecortadamente, canosa y
arrugada, era enorme, con los ojos cansados a punto de cerrarlos, aún tenía un
caramelo en la mano.
No me atreví a tocarla, corrí sin mirar atrás hasta mi
hermano.
El ayuntamiento estaba corroído y había perdido toda la
pintura. Entré y la puerta chirrió fuertemente. Había huesos y formas que
subían y bajaban el pecho bajo una capa espesa de polvo. Fue al estornudar
cuando noté el principio de un bigote. Llegué hasta la sala dónde había estado
apenas hacía veinte minutos, pero para la habitación parecían cien años. El
juez era una túnica abandonada en el suelo. Abrí despacio la puerta de la
derecha, me sabía el camino de memoria. Al llegar, mi hermano estaba muerto,
era un saco de huesos con esposas.
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