Trenes

Ese año el otoño había llegado antes. Eso significaba que el lago se iba congelar antes de lo previsto. Mordisqué a desgana la barra de chocolate que tenía entre las manos. Cuando me miré los dedos estaban marrones, pegajosos y dulces, se había derretido todo. Ahora tenía una masa pastosa y sabrosa. Empecé a chupetearme los dedos uno por uno. No me importaba la cara de asco o deseo que ponía la gente que pasaba  a mi lado. Tenía hambre y la chocolatina no era barata. Cuando terminé de lamer mis meñiques hasta el último segmento de cacao tenía las manos brillantes y viscosas. Las miré abriéndolas en el aire, mis manos, llenas de arrugas y cicatrices, marcas de edad. Hacía viento y frío. Las restregué contra el pantalón. Suspiré.
A lo lejos se oía el motor del tren que venía lentamente. Me levanté y me coloqué el sombrero en el pecho. Me miré los tirantes, camisa por dentro, ligas atadas. Comprobé que mi maleta estaba en su sitio habitual. El chico que me había vendido las chocolatinas, Thomas, se acercó a mí.
-Adiós Roberto, te echaremos todos de menos.
Sonreí amablemente. El tren ya llegaba, sujeté bien mi sombrero. No quería que saliera volando. El tren empezó a frenar y vi mi cara vieja, pero más joven que nunca reflejada en las ventanillas. Me voy, pensé. Por fin me iba. El tren paró y se abrieron las puertas. Esperé a que la gente saliera. Agarré la maleta, mi amiga. Me despedí con la mirada del vendedor de chocolatinas y del vendedor de perritos calientes. También habían venido Laura y Pamela del restaurante de enfrente y los hermanos Hernández con su vestimenta de basureros. La mujer que vendía los billetes, Gloria se unió la última y me dedicó una sonrisa.
Me volví al frente y me detuve ante la puerta abierta del tren.
Lo miré, miré mi futuro, miré mis aventuras pero miré mi lejanía, miré mi soledad, miré mi tristeza, miré mis deseos esfumarse, irse, las puertas cerrándose y el tren yéndose.
Tragué saliva, cogí mis cosas y empecé a caminar a casa. A lo lejos oí a Thomas:

-Hasta mañana Roberto.

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